Fantasmario: La Guerra del Chaco o se requiere más valor para sufrir que para morir

Javier Viveros nació en Asunción en 1977. Es máster en Literatura por la Universidad Nacional de Asunción aunque egresara como ingeniero informático. Se le considera uno de los puntales de la literatura paraguaya del siglo XXI y uno de los máximos representantes de una narrativa emergente desde hace más de una década, nacida desde el mundo urbano, juvenil y las costumbres populares contemporáneas alejadas de lo rural y de la tradición, tan presentes en la ficción de su país, sin ignorar su sustancia y su choque con la modernidad.

Se desenvuelve con solvencia en el relato corto, aunque también haya escrito poesía, guiones de teatro (Flores del yuyal, 2018) y cine, y literatura infantil. También ha destacado como editor y guionista de novela gráfica, con Pólvora y polvo y Epopeya binacional (La guerra del Chaco vista por historietistas bolivianos y paraguayos), publicado en 2016. Fue también editor de Punta karaja en 2012, una antología de cuentos paraguayos de fútbol muy interesante y fundamental para los amantes de la literatura de ficción sobre este deporte.  Sus cuatro libros de poesía son Dulce y doliente ayer (2007), En una baldosa (2008), Mensajeámena (2009) y Panambi ku’i (2009).

Ha publicado cinco libros de relatos, el último una antología, y ahora se encuentra actualmente en proceso de finalización de su primera novela. Su ópera prima fue La luz marchita, editada en 2005, donde se aprecia una prosa por madurar y un estilo por depurar, aunque definido, y quizá demasiado influido por celebridades de la narrativa del país como Augusto Roa Bastos, como se aprecia en el relato “Sepultura en la niebla”, a la que siguió Ingenierías del insomnio en 2008, en coautoría con su hermana Diana Viveros. Su primer editor, destacó la frescura y el olor a vestuario de fútbol, sin retórica gratuita, de “Fútbol S.A.”, y el carácter transgresor de la protagonista de “La otra Penélope”, una paraguaya emigrante a España, que a su vez abandona la sumisión al macho y la conducta moral pacata heredada del catolicismo. Es una nueva Penélope que abandona a su esposo borracho y a los hijos a cambio de una vida independiente, urbana y libre. También incluye un excelente relato breve sobre el miedo, “De polvo eres”.

Urbano demasiado urbano

El libro que llamó la atención hacia Viveros fue Urbano, demasiado urbano (2009). El título, glosa de Humano, demasiado humano de Nietzsche, asocia lo humano y lo urbano. Ese espacio citadino es la Asunción de hombres y mujeres por el asfalto y en las redes electrónicas. La cita inicial de Max Jacob ya alude a un alejamiento del exotismo rural por parte del autor, que por medio de diez relatos nos revelará ese mundo de la urbe, con la crítica a los medios de comunicación por su sensacionalismo y la cosificación y pérdida de identidad del ser en “El cobarde de la línea 31”. El mundo de los autobuses de la ciudad está presente, como en “Teju’i”, lleno de neologismos del mundo informático como googlear, o expresiones extranjeras internacionalizadas como a full, con el habitual guaraní. La sublimación de lo nocturno también ocupa un espacio preferente (“Cuando un hijo en un arrebato”).

La cultura popular urbana se advierte, por tanto, como un referente que persigue la creación de Viveros. Así, “Bookcrossers”, se inspira en el tema de la moda. El ejercicio de esta actividad en Paraguay es un pretexto para el despliegue de diálogos fluidos e intensos que en realidad esconden un relato del subgénero negro. O el mundo del fútbol de “Cinturón cohete” que acaba en un escenario del derbi Cerro Porteño-Olimpia, los dos grandes rivales de la capital paraguaya.

También ocupa un lugar importante lo intrahistórico, que posteriormente será determinante en las narraciones de Fantasmario, como las vivencias del joyero Ramírez el día del atentado contra el expresidente exiliado nicaragüense, Anastasio Somoza. “Misterio JFK”, finalista del Premio de Cuentos Juan Rulfo 2009, está localizado en Estados Unidos, “nación repleta de asociaciones creadas por millonarios excéntricos”, como dice el narrador, sorprendiendo así al lector con afirmaciones alejadas de tópicos vertidos sobre el país, como su imperialismo. Las peripecias del protagonista como asistente a un congreso literario en el aeropuerto de Nueva York, hasta lo kafkiano, es un claro afán de denuncia de la soledad del individuo y su despersonalización entre la informe masa. “Asunción era una fiesta”, cuyo título evoca el de la obra de Hemingway ubicada en París, como forma de reivindicar la capital paraguaya como ciudad, es un gran relato inspirado en el tema de los “peligros de la red”, expresa en un esquema incluso la estructura de la narración. El misterioso caso de las fotografías y vídeos publicados en Internet es un misterio para el sorprendido lector. Todo ello con recursos narrativos vanguardistas, que lo alejan de una prosa referencial o lánguidamente retoricista, ya depurada en relación con su primer libro.

Su siguiente libro de relatos fue Manual de esgrima para elefantes (2010), publicado en España y Argentina, además de en su país. Es un libro nacido de la convivencia del autor con África y sus gentes. De esa forma, Viveros atraviesa la geografía que va de Senegal y Ghana hasta Tanzania, pasando por el Congo o Ruanda. Si el anterior libro ofrecía un marco urbano y una toma en consideración de la cultura popular actual, resulta curioso el siguiente con cuentos escritos por un paraguayo localizados en África con un carácter compacto.

Por los relatos circula la magia africana en “Déjà Vu[dú]” para confrontar la mentalidad autóctona con la occidental, el tema más recurrente del libro, junto a la variedad de registros lingüísticos empleados. “La lista”, ubicado en Kinshasa, está escrito con un lenguaje colonial latinoamericano, argentino en concreto. La magia de “Sepultando a Kweku Mensah” es vivida por un emigrante paraguayo en Ghana. “Primera semana” combina distintos procedimientos de la escritura de las redes sociales, como Twitter, el correo electrónico o el chat, para describir las experiencias personales del narrador. El conflicto de Ruanda es el tema de “Ruándicas”, con el desdoblamiento de la voz del personaje y el empleo de la segunda persona, y el remordimiento ante las matanzas padecidas por los tutsis. En “Un pecado capital” se denuncia el poder económico del candidato republicano estadounidense, cuyos negocios con el coltán le han aupado a la conquista del poder. En “Passing shot” es visible la incapacidad de los africanos para progresar en un deporte elitista como es el tenis, pero su cursi clase alta lo practica. La mentalidad mágica heredada de lo indígena africano está presente en “Fantasmas”, con el significado de ser albino para los tanzanos. Las posibilidades del emigrante frente a esas mentalidades se ven en “Una de Nollywood”, un relato sobre la ilusión y la frustración. Esa misma frustración de quien no logra pisar su tierra prometida es el tema de “París-Dakar”.

En 2015 se editó Fantasmario, con la aureola de haber obtenido tres años después el Premio PEN / Edward and Lily Tuck para literatura paraguaya, y por ello su reedición. Entre ambas, vio la luz la antología de sus relatos Por debajo del radar, confirmación de su trayectoria dentro del cuento latinoamericano. Su estilo con suficientes y variopintos recursos lingüísticos y estrategias narrativas, su abandono de temáticas rurales paraguayas e incluso de su universo cerrado, su circunscripción al ámbito urbano, con sus luces y semáforos, las costumbres actuales con las redes tecnológicas, su penetración en la mentalidad de sus personajes y en sus interioridades con el objeto de ofrecer un fresco latente de los seres humanos, provocan el interés del lector y de la crítica, que ya ha empezado a valorarlo también en el exterior.

No hay isla sin mar en su narrativa.

La guerra del Chaco en la narrativa paraguaya

Dado que Fantasmario es un libro de relatos sobre la guerra del Chaco, por lo que se añade a toda una tradición literaria con el conflicto como tema, se hace necesario un repaso a su recurrencia en la narrativa paraguaya. Siendo un conflicto que marcó un antes y un después en la historia del país, y que le otorgó una victoria alimentadora de la autoestima nacional después del duro golpe de la derrota en la guerra de la Triple Alianza sesenta y cinco años antes, era obvio que debía dejar huella en su literatura.

Sin embargo, hace décadas que se repite un lugar común –erróneo- en la historización de la literatura paraguaya: la rotundidad con la que se dio por supuesta la debilidad de la aparición en ella de la guerra del Chaco entre Paraguay y Bolivia, acaecida entre 1932 y 1935. Posiblemente se debiera al afán por diferenciar rasgos propios individualizadores de una narrativa que no tenía quien escribiera sobre ella en el exterior del país y, sobre todo, con la perspectiva necesaria para establecer una causalidad relacional entre el conflicto bélico y el hecho literario.

Para Hugo Rodríguez Alcalá, sólo Arnaldo Valdovinos y José Villarejo publicaron novelas sobre el conflicto[1]. Josefina Plá hace hincapié en que no se produjo un ciclo literario como en Bolivia con las obras de Augusto Céspedes y Óscar Cerruto, arguyendo que sólo dos autores paraguayos publicaron tres obras durante la contienda: Bajo las botas de una bestia rubia (1933) y Cruces de quebracho (1934), ambas de Arnaldo Valdovinos (1908-1991) y Ocho hombres (1934) de José Santiago Villarejo (1907-1996)[2]. Rodríguez Alcalá añade con acierto a éstas el libro de cuentos Hoohh la saiyoby, publicado en 1944 pero escrito en 1935, también de Villarejo.

El asunto de la falta de un ciclo novelesco sobre la Guerra del Chaco en Paraguay no es tan sencillo ni tan simple de explicar. Es normal que durante la guerra no se escribieran demasiadas obras cuando los jóvenes luchaban en el frente. Y si examinamos el porcentaje de publicaciones citadas, tampoco es pequeño en relación con las publicadas en esos tres años en el país: a las cuatro obras sólo podemos añadir unos cuentos de Julio Correa y una novela de Lucio F. Mendonça autoeditada de forma casera en Argentina. Por tanto: estamos ante el altísimo porcentaje del sesenta y siete por ciento.

La insustancialidad y la ligereza crítica han producido confusiones curiosas. Es cierto que los intelectuales paraguayos en sus artículos contemplan que la guerra es absurda y que es un conflicto que Bolivia nunca debería de haber iniciado. Se suceden las proclamas periodísticas donde se critican las razones del enfrentamiento, por lo que se ha dado por supuesto que la narrativa de ficción no dio grandes frutos. Y la obra más representativa de esta vertiente es precisamente Bajo las botas de una bestia rubia de Valdovinos. Ahí queda un nuevo error al incluirla como una de las tres o cuatro obras de la guerra, cuando es un conjunto de artículos periodísticos de carácter reflexivo acerca de la guerra, con toques barbussianos pacifistas.

¿Por qué es un error cuando al fin y al cabo es literatura? No se debe a su inclusión como literatura sino a que, si pretendemos ser rigurosos con un criterio, también deberíamos situar en el mismo plano artístico las cinco obras testimoniales próximas a las memorias publicadas durante este período o durante los meses posteriores a la finalización de la contienda. No se puede dejar de relacionar la obra de Valdovinos, muy ensayística y personal, con la proliferación de relatos autobiográficos que pretenden reflejar las experiencias personales desde un punto de vista épico y pretensión de veracidad, no siempre conseguida.

En todos ellos, teóricamente hay menos ficción que intrahistoria o autobiografía. En algún caso se habla de quince obras semejantes, pero es un dato por contrastar. Se introducen en la realidad menos idealizada de la vida paraguaya, aunque su crítica sea siempre tenue salvo en el absurdo de la guerra. Las cinco obras registradas son: La selva, la metralla y la sed de Silvio Massia, Bajo el signo de Marte de Justo Pastor Benítez, Polvareda de bronce de José Dolores Molas, Infierno y gloria de Rigoberto Fontao Mesa, y El iris de la paz o los mercaderes de Ginebra en el Chaco (Novela histórica) de Marco Antonio Laconich, firmada con el pseudónimo de “Ivanhoe”. Bajo las botas de una bestia rubia de Valdovinos debe ser añadida a estas cinco.

En otro sentido, aunque José S. Villarejo cuente desde estrategias de ficción, sus obras poseen un gran parecido con estas memorias. Incluso los personajes tienen inspiración real, aunque den la impresión de haber sido extraídos de la invención solamente, dado que él mismo fue combatiente en el conflicto. Sólo el tono discursivo y la marcada estrategia de la autobiografía, con el yo del autor situado como narrador, diferencian las testimoniales de sus relatos.

Por tanto, cabe preguntarse por la existencia de un ciclo. Aunque no predomine la ficción, salvo en Villarejo, donde los problemas de los seres humanos quedan por delante de lo bélico y existe un sentido crítico dentro de la invención inspirada en la realidad, existe literatura en los años de la contienda y en los inmediatamente posteriores, algo que venimos reiterando desde hace lustros. Pero, además, la debilidad –o inexistencia– de estructuras editoriales en Paraguay, hacía imposible la publicación de un tipo de literatura más próxima a la ficción que al memorialismo admitido desde el conocido como novecentismo paraguayo.

También hay omisiones al confundir la posible existencia de un ciclo restringiéndolo a los años de la contienda. Existe un relato de 1936, el mismo año en que Augusto Céspedes publicaba su célebre Sangre de mestizos. Es “El abogado” de Vicente Lamas (1900-1982), hermano de Teresa Lamas, que vio la luz en la revista Leoplán en 1946, ambientado en la guerra del Chaco pero de carácter fantástico, aunque refleja con veracidad las escaramuzas de los soldados y la dureza de la lucha en el terreno.

Pero aún hay más criterios a añadir a los estudios de literatura paraguaya existentes para darles toda la precisión histórica. Si eliminamos la acotación a los tres años de la contienda, la guerra del Chaco ha sido un tema extendido con el paso de los años y se ha alargado hasta la actualidad. Como cualquier otra vivencia nacional: también la guerra de la Triple Alianza. Pero sin patriotismos ensalzados: con historias personales, reales o no, que han tendido a subrayar la heroicidad de los seres de carne y hueso que no han pasado a la Historia en letras grandes o de oro. El mismo Villarejo publicó Cabeza de invasión en 1944. Aníbal Zotti edita en los años setenta dos novelas, Siempre vivos (1972) y Éramos cinco (1975), pensadas como memorias de un excombatiente (fue coronel) para mantener el recuerdo de los héroes anónimos y amigos, escritas por él años antes. Pero hay más trabajos, y no sólo testimoniales: una narrativa intensa que se alargó durante décadas. Lo atestigua el buen número de relatos del propio Hugo Rodríguez Alcalá incluidos años más tarde en Relatos del Norte y del Sur (1983) y El ojo del bosque (Historias de gente varia / Historias de soldados), aparecido en 1992, aunque algunos de estos cuentos son de las décadas de los sesenta y setenta. En 1974 apareció una excelente novela, La tierra ardía (1974) de Jorge Ritter, dura aunque sin maniqueísmo, con una escena aterradora de enterramiento de un excombatiente.

Y no nos olvidemos de los diez relatos que Teresa Lamas incluyó con el conflicto de fondo en La casa y su sombra (1955), aunque seguramente escritos alrededor de los años posteriores a la guerra. Como se observa, no fue un tema ceñido a los hombres. La misma Josefina Plá posee relatos con el conflicto como marco, como “Cuidate del agua”, escrito en 1950 y publicado en El espejo y el canasto (1981). Ana Iris Chaves incluyó en Crisantemos color naranja (1989), “Doble expiación”, con un combatiente que hurta objetos personales de los cadáveres de los caídos, lo que nos da la dimensión de que la pequeña historia se nutre muy bien de argumentos derivados del conflicto bélico.

¿Y qué me dicen de Hijo de Hombre de Augusto Roa Bastos? ¿Está ubicada en la guerra europea o en la del Chaco? Lo expreso así porque si precisamente conocemos en Europa la dureza de la contienda y el sufrimiento de los combatientes es gracias a esta novela. El protagonista Miguel Vera nos ha hecho llegar todo el padecimiento de los soldados. Pero no es la única narración del autor con el conflicto de fondo. En El trueno entre las hojas tenemos los relatos “La excavación” y “Regreso”. Y esta obra se publicó en 1953.

Si avanzamos en el tiempo, Osvaldo Jaeggli publica en 1987 Cuentos de la Guerra del Chaco y de otro tiempo, con especial incidencia en el tema. Renée Ferrer incluyó “El vigía” en Por el ojo de la cerradura (1993), sobre el miedo. Las consecuencias también han ocupado su lugar, como en “El color de la angustia” de Memoria sin tiempo de Maybell Lebrón, en “Parte militar” de Lucy Mendonça, o en “Tierra en la piel” de Nidia Sanabria. “La sequía” y “No hay rastros” de Rodrigo Díaz-Pérez, de Ingaví y otros cuentos (1986), muestra sueños incumplidos y muerte.

Otros autores de los ochenta y novela que publicaron en estos años –lo que no significa que no fueran escritos muchos años antes– relatos con este fondo fueron Manuel E. B. Argüello (“Emboscado” y “Más allá de un retrato”), Margot Ayala de Michelagnolien Entre la guerra el olvido (1992), Mario Halley Mora con la novela El talismán (1992), las secuelas de la guerra en “Reunión de familia” de Rubén Bareiro Saguier, incluido en El séptimo pétalo del viento (1984), o referencias en La sangre y el río (1984) de Ovidio Benítez Pereira, por no repetir la mención a las ediciones de Hugo Rodríguez Alcalá durante la última décadas del siglo XX. Incluso en una novela sobre la dictadura de Stroessner como Celda 12 (1991) de Moncho Azuaga hay referencias a la contienda.

Para valorar debidamente el significado de la narrativa surgida a partir de la Guerra del Chaco, como tema o cronológicamente, nos sumamos a lo expresado por Hugo Rodríguez Alcalá y Rubén Bareiro Saguier, y refrendado por Teresa Méndez-Faith: la importancia que la guerra del Chaco ha tenido en la renovación literaria posterior. Cierto es: a partir de la contienda ya no hay por qué esconder la realidad. Sin embargo, maticemos la afirmación en cierta medida. No es que no hubiera narrativa crítica con la realidad, ni que se anulara “la tendencia mistificadora e idealizante”; es simplemente que se deja de tener prejuicios a la hora de mostrar la realidad paraguaya en toda su carne viva, sin tapujos y sin envoltorios que la puedan suavizar porque la crueldad ya estaba presente cuando se hablaba de sus batallas.

Pero de aquella épica antibelicista de los años treinta, la Guerra del Chaco se ha ido fortaleciendo como un escenario para mostrar los mejores y los peores rasgos del ser humano, sobre todo en situaciones extremas. Incluso en ocasiones se ha acudido a cierto humor o al menos desenfado para enfatizar toda una sucesión de personajes variopintos.

Por ello, a partir del siglo XXI, la tendencia a mostrar historias individuales se intensifica. El Taller Cuento Breve, dirigido por Hugo Rodríguez Alcala, dio a la luz un volumen titulado Sin Rencor Cuentos sobre la guerra del Chaco (2001); una antología de integrantes del mismo sobre el tema: María Irma Betzel, Maybell Lebrón, Stela Blanco de Saguier, María Luisa Bosio, Lucy Mendonça, Luisa Moreno, Dirma Pardo, Yula Riquelme y Margarita Prieto Yegros, entre otras autoras. Precisamente esta posee algunos relatos en Cuentos chaqueños (2009). El tema se mantuvo vigente. Incluso se ha editado en julio de 2018 la antología Mar fantasma con relatos de veintidós autores bolivianos y paraguayos, aunque en el año 2000 se publicó otra en Chile, Doce cuentos de la guerra del Chaco, a cargo de Carlos Coello Villa y el tristemente desaparecido Helio Vera, con seis narraciones de autores bolivianos y otras tantas de paraguayos.

Y una buena muestra de esta vigencia es este libro de Javier Viveros: Fantasmario.

Fantasmario o los humanos como espectros

Fantasmario, portada de la edición digital por Tiempo Ediciones & Contenidos.

Fantasmario está compuesto de dieciocho relatos, todos ellos sobre la guerra fratricida entre Paraguay y Bolivia. Las heridas y consecuencias están en primer plano, presentes como germen de los cuentos. Para ello dispone de personajes diversos, de extracciones sociales, ocupaciones, profesiones o grados militares distintos. Un conjunto coral de historias individuales que nos ofrecen al ser humano como un espectro cuando se halla en situaciones límites.

Como expresa Osvaldo González Real en el prólogo de su edición asuncena, Viveros “nos presenta un conjunto de cuentos sobre la terrible contienda del Chaco, y nos enfrenta a un escenario dantesco nunca antes logrado en una obra de esta naturaleza”. Es una afirmación exacta y precisa del lugar que ocupa esta obra dentro de la narrativa paraguaya. Seres desesperados ante el sufrimiento por la sed, los bombardeos, los disparos del enemigo, la naturaleza inhóspita de cactus, caraguatá y quebrachos, los recuerdos y secuelas de la guerra, o los castigos disciplinarios, que, sin embargo, muestran la mayor parte de ocasiones bondad y compasión. No son héroes a gran escala: son personas corrientes con sus vicisitudes, virtudes y defectos, aunque en ocasiones salgan los instintos por mera supervivencia o porque existan en el alma. Por ello, estamos ante una obra llena de humanidad.

También podemos ensalzar el tratamiento de concordia entre los luchadores de ambos bandos contendientes. No hay maniqueísmo de banderas: nada de patriotismos ni nacionalismo, sino una visión de acontecimientos trágicos intrahistóricos. Se fusionan así personajes reales con otros ficticios, situados en el mismo plano, creando universos fantasmales, logrando la conjunción entre la realidad dura y adversa con lo espectral.

Incluso seres mitológicos como el Pombero parecen extraídos de la vida común. Por ello, en ocasiones Viveros desenmascara mitos nacionalistas. En el primer relato del libro, “El nuevo cofrade”, pone en entredicho la visión del guía sobre la batalla de Boquerón, una de las más cruciales de la contienda: “citando a un historiador postmoderno –un autor boliviano más adscrito al nacionalismo ramplón que a la ciencia histórica–”. Toda una declaración de cuestionamiento de la mixtificación histórica.

Rodrigo, el protagonista, tan racional y científico, ha de enfrentarse a las palabras sobre fenómenos paranormales que cuenta el viejo guardia del museo: el sonido de morteros escondido entre los árboles que se escucha en ocasiones. El poder de lo metafísico inexplicable acaba venciendo a Rodrigo, signo prosopopeico de la pervivencia en la memoria natural de la guerra del Chaco. Eso mismo ocurre con el testimonio sobre Vargas y un camión desaparecido misteriosamente en “Intratable”.

“Deshora” es una historia del frente contada por un viejo a su nieto, donde son palpables las huellas que dejó el conflicto en los combatientes. La terrible historia del patrullero Alvarenga es el argumento de “Encuentro”, con su enfrentamiento a la noche chaqueña poblada de sonidos, su visión del ser mitológico, el Pombero, y al avión Breguet boliviano y su vuelo de reconocimiento.

Entre las estrategias narrativas diversas utilizadas por Viveros, también hallamos lo autobiográfico, situándose él como narrador en “El Cid Estigarribia”, al comenzar por la cita de la preparación de la novela gráfica Pólvora y polvo, y contar su entrevista con un veterano de guerra y su encuentro con el mariscal Estigarribia en el desfile victorioso de agosto de 1935.

No siempre es un paraguayo el protagonista. En “Flor de coco” son bolivianos que acaban siendo prisioneros. “Desplazamiento del campo de batalla” es uno de los relatos más interesantes por su estructura: la enfermera de guerra Elsa Pérez narra, con el título de “Ella”, su historia con el Mago, a la que sigue como complemento el desenlace de su relación. En “La sentencia”, un narrador se dirige al lector directamente, al modo clásico, situándolo como juez imparcial. Es el testimonio de un testigo de la historia del soldado desertor Méndez. De la misma forma, el estilo epistolar se percibe en “Mejor así”, donde la novia de un capitán se le dirige, mostrando los cambios de personalidad producidos por la guerra.

Las narraciones de los enfrentamientos en el terreno entre los soldados suelen ser cruentas. La confesión periodística en forma de entrevista a un veterano de “Recordando al soldado Vargas” es un relato de trinchera. La aparición de Kundt, el asesor alemán de Bolivia en la guerra, y de Estigarribia es un modelo de estrategia para dar veracidad a lo relatado. También es una confesión “El motivo”, esta vez dirigido por un excombatiente que recuerda la pesadilla de la sed, un fantasma que convierte a un hombre en bestia, con una rúbrica no exenta de cierto sentido del humor. El tremendismo no está tampoco ausente, como en “La última cena”, con un sorprendente “menú” al final, o en “Visión”, ubicado entre heridos en el hospital. El descriptivismo detallista permite el flujo de la narración de las peripecias de los combatientes, como en “Yvy’a”, uno de los cuentos más extensos y brillantes de la obra por su poder fabulador.

Pero no olvidemos lo fundamental que resulta el componente fantástico en una buena parte de los relatos. Milagros misteriosos como el de Celso en “Rectas coplanarias”, un relato que bien podría denominarse como el título del libro, por el dantesco panorama de fantasmas tras la batalla.

Ni tampoco elude Viveros el recurso al pensamiento aforístico. No es que sean abundantes, pero los distintos narradores recurren a ellos en ocasiones. El de “Saldo positivo” nos recuerda que los huecos de la historia podrán ser rellenados por la imaginación del lector. Toda narración personal o de acontecimientos es fragmentaria, unas veces por el olvido o el interés del protagonista y en otra por el desconocimiento completo de los sucesos acaecidos. Esto lo sabe muy bien Viveros, que no desperdicia la posibilidad de dejar con la duda al lector sobre lo acontecido. De esta forma, siempre establece el enigma al romper las barreras entre la ficción y la historia, y entre los universos real y fantástico, así como dirigir el discurso a un narratario, un destinatario o al lector directamente. Sitúa todo el conglomerado dentro de un marco formal que sigue los esquemas de presentación, nudo y desenlace súbito, habituales en el relato de ficción, aunque casi siempre el inicio dé paso a la retrospección por tratarse de recuerdos del pasado o el inicio in media res.

Fantasmario es un libro fundamental para entender la guerra desde dentro. Entronca con la mejor literatura antibelicista, pero no con proclamas o mensajes edificantes sino con el propio fluir de cada relato, ejemplificador del horror humano que significa. Una obra para guardar en la lista de obras fundamentales de la historia del cuento paraguayo.

Pero si un rasgo humano está presente es el llanto. Así comienza “Un secreto” (“llorar ante un desborde emocional es algo que solo podemos hacer los humanos”). El tío del narrador demuestra qué es la guerra con las consecuencias sobre su propio cuerpo.

Para poner una rúbrica a este análisis de lo más relevante de cada relato, nos centraremos en el que cierra la obra: “Foja de servicios”. Es un cuento de una prosa brillante compuesta por frases breves independientes, en realidad yuxtapuestas, que resumen todo el pensamiento descrito en la obra, así como los hábitos derivados de la guerra. La última oración, “el agujero minúsculo por el que escapa su vida”, es el colofón más brillante del significado de la obra. Es la batalla, que deja viva la lucha incomprensible a lo largo del acumulativo discurso lleno de impresionismo. Es un compendio de lo padecido en una guerra incomprensible, del dolor y de los avatares, del sufrimiento hasta la extenuación. Bolivianos, paraguayos, traidores, cobardes, desertores, heridos, fantasmas, elementos de la naturaleza, caminan por estos relatos con una fuerza inusual.

Y sobre todo los fantasmas. Porque los personajes contendientes se comportan como tales durante su lucha contra el enemigo y el terreno inhóspito del Chaco. Al fin y al cabo, los seres humanos olvidan su propia vida en estas situaciones extremas, muchas veces por instinto de supervivencia. La guerra es tan incomprensible como la existencia de los fantasmas, muchos de ellos interiores, daños psicológicos y físicos producidos por ella.

Fantasmario es un libro fundamental para entender la guerra desde dentro. Entronca con la mejor literatura antibelicista, pero no con proclamas o mensajes edificantes sino con el propio fluir de cada relato, ejemplificador del horror humano que significa. Una obra para guardar en la lista de obras fundamentales de la historia del cuento paraguayo.

José Vicente Peiró

Agosto de 2018


[1] Hugo RODRÍGUEZ ALCALÁ: “La narrativa paraguaya. Siglo XX”. En Narrativa Hispanoamericana. Guiraldes, Carpentier, Roa, Rulfo. Madrid, Gredos, 1973, p. 193.

[2] Josefina PLÁ: “Evolución intermedia”. En Viriato Díaz-Pérez: Literatura del Paraguay (II). Palma de Mallorca, Luis Ripoll, 1982, p. 95.

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